Salvar el ágora y resistir en ella

Por: Yédison Cárdenas Aristizábal

Para los antiguos griegos la esfera pública y la privada encuentran convergencia en el ágora, su función era unir los extremos de ambas y permitir que tanto la polis como sus miembros conservaran la libertad de decidir el contenido y alcance del interés general, además, de lo que debe hacerse para lograrlo. En su libro En busca de la política, Bauman, define el ágora como “una zona de constante tensión y tironeo como una zona de diálogo, cooperación  y concesión”, dicho de otro modo, el ágora es el lugar de encuentro, deliberación y expansión de las fronteras morales y políticas de una sociedad.

 

Bauman también consideraba que ésta podía ser atacada de dos maneras, en primer lugar, poniendo en peligro su integridad; y, en segundo lugar, distorsionando el rol que desempeña y provocando la retracción de la sociedad en su conjunto y de sus miembros individualmente. Hanna Arendt explicó que una forma de lograr ambos cometidos es la tendencia totalitaria y el ímpetu autoritario con el cual persigue el objetivo de volver superfluos a los individuos y sus motivaciones, ideas, preferencias y sueños, esta tendencia apunta a impedir la autodeterminación de la ciudadanía y acusar al ágora -especialmente cuando ostenta ideas disruptivas- de ser un espacio indisciplinado y caótico.

 

Un buen número de naciones latinoamericanas ilustran bien los efectos de la tendencia totalitaria y aunque podrían ser un ejemplo para nosotros, por el contrario, buena parte de la sociedad colombiana parece embelesada con la idea de que tenemos una democracia amplia y estable representada en elecciones ininterrumpidas, un argumento simplista que no considera los ataques al ágora por medio de todas las formas de violencia política que conocemos. Nuestra historia republicana se ha desarrollado en medio de contextos frenéticos y conflictos gestionados de tal forma que han materializado una idea desfigurada del porvenir, llena de rezagos e inequidad. De esta manera el crecimiento económico se ha concentrado en unos pocos y es proporcional a la desigualdad social en la que viven las mayorías pobres del país. La tiranía estatal fue normalizada bajo la falacia del orden y la seguridad democrática y, a veces, con algo de ayuda de agentes no estatales serviles a la causa contrainsurgente y a las mafias que se han lucrado del narcotráfico y hacen de la naturaleza un campo de batalla; de igual forma la institucionalidad, botín de muchos partidos políticos, de predicadores y demagogos ha sido instrumentalizada para fines particulares y corruptos, en otras palabras en Colombia los agentes políticos han perdido la certeza con respecto a sus roles y límites y la consecuencia es la instauración gradual de un régimen autoritario.

 

¿Y en medio de todo este caos, dónde y cómo se ha manifestado el ágora y sus miembros?, diversas han sido sus formas, como sindicato, movimiento estudiantil, como Consejo Comunitario, Minga o acción comunal, en las organizaciones de mujeres, jóvenes y víctimas, siempre en pie de lucha por la reivindicación de derechos, siempre resistiendo. No obstante, se puede afirmar, sin temor a equivocaciones que ha sido socavada de todas las formas y por todos los medios, excluyendo, persiguiendo, condicionando y asesinando a sus miembros y, en algunos casos, exterminando colectividades completas además, ha sido mantenida fuera del alcance de procesos efectivos de negociación y control democrático, acusada de entorpecer el accionar incuestionable de los gobiernos de turno. Y si hablamos del gobierno de turno, el actual ha entorpecido espacios y políticas que bien pudieron ser un nuevo aire para la reconciliación y el reencuentro ciudadano, ha llevado los ataques al ágora a otro grado, utilizando de manera peligrosa el monopolio de las armas para atacar civiles de manera deliberada y ante los ojos de todos, arremetiendo contra las instituciones judiciales e implementando una política de seguridad ciudadana precaria que ha elevado los indicadores de violencia en los territorios más afectados por el conflicto político.

 

Hay que tener cuidado con el camino hacia las elecciones del 2022, debemos tener presente que vienen por todo, que echarán mano de las estrategias más intransigentes y antidemocráticas, que agitarán las emociones más ásperas para impulsar sus reformas, que no les bastará con gobernarnos sino que buscarán cambiar por completo el país, a su medida claro está. Salvar el ágora y resistir en ella puede que sea la forma -a pesar de la antesala- de cohesionar la sociedad en torno a un proyecto de país basado en una agenda común, multicultural y colaborativa, capaz de propiciar el encuentro legítimo entre la sociedad y el Estado y de limitar, reducir y ponernos a salvo de las expresiones totalitarias.