Positivo para violencia-19

Por: Estefania Ruiz Gallego

Que todo es político y todo pertenece a esta o aquella categoría: Mujer es una condición que hoy todavía se discute desde la orilla estentórea que encandila al ojo ajeno porque problematiza, por lo que el entresijo que furtivo dimana de ella a pesar de su vigencia, será también incómodo en un tiempo de contingencia como el actual.

Quisiera presentar como objeto de mi atención, por un lado, la violencia que atenta directamente contra la vida de la mujer; y por otro, la violencia simbólica que acentúa y propone justificar la subordinación jurídica y social de la misma, en Colombia por supuesto, y que se consuma desde el amanecer de sus relacionamientos en la cotidianidad hasta en las esferas que habita y ocupa ejerciendo labores diversas. Cuando digo que la mujer es una consecuencia de lo contingente, no me refiero a la inmediatez de nuestras circunstancias pandémicas, sino a lo desprovista que esta resulta ante la simplificación de aquellos escenarios en un único escenario: el hogar, mismo que se puede ver ilustrado si pensamos cómo este, desde el inicio del confinamiento obligatorio, ha estado cumpliendo la función —sin caer en una generalidad—de compeler a las mujeres en función de los deberes domésticos, que frustra además la posibilidad de observar el hogar bajo la perspectiva sinónima de tranquilidad y seguridad; y para no introducir innecesariamente conceptos disímiles para aproximarnos desde la femineidad a su abordaje, sino, al menos, a su simple comprensión, estaría bien si menciono los más de 243 feminicidios que ha habido durante el confinamiento a causa del COVID-19, cifras que responden al escalamiento de las cifras y el desánimo horroroso que ello genera, pero, además, ha permitido asignar un sentido negativo a las dinámicas internas que tradicionalmente subyacen teniendo como vértice su propia casa.

Lo antedicho, como denuncia a las formas impropias del lenguaje con el cual hasta hoy hemos forjado representaciones equivocadas y abusivas en lo que a la mujer respecta, cosas que, otrora, no hubiesen significado más que una mera enunciación de las mismas.

Las entrañas de Colombia han sido criadas bajo el lente naturalizador de la violencia, las informaciones a las cuales la clase media y baja tuvimos acceso fueron siempre sanguinarias y comunicadoras de políticas de muerte; asirse a la idea que fuere, era, por defecto, asirse al tipo de verdad que a uno le correspondía saber, pero nunca hubo acceso a las verdades más verdaderas de todas, tanto es así que hoy procuramos con urgencia una educación para la paz. No me atrevo siquiera a nombrarme excluida de estructuras opresoras tales como, eventualmente, funciona el sistema judicial cuando debe ocuparse de algunas circunstancias como las ya expuestas o, de las mismas estructuras patriarcales, porque me encuentro, indefectiblemente, inserta dentro de ellos, así como inserta estoy en el capitalismo, etc., y en el temor que me asiste de no hallarasidero suficiente que pueda sustentar mi condición de mujer por fuera de aquellas, si es que  uno puede autónomamente decidir tal cosa; o, como si aspirar a tal cosa no fuese un camino demasiado pedregoso. Empero, la fuerza emancipatoria de la femineidad contemporánea se ve disminuida por una parte, por el precario acceso a la justicia, y por otra, la ineficiente aplicación de instrumentos constitucionales que hasta ahora han funcionado apenas como subterfugios que contribuyen a revictimizar y a reproducir las condiciones históricas de violencias físicas y simbólicas en Colombia.

“La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”, reza el art. 22 de la Constitución Nacional y, seguidamente, expresa que la paz no es otra cosa que el respeto efectivo por los derechos humanos y citando a Carlos Gaviria Diaz “(….) no puede haber paz mientras a nuestro alrededor hay quienes asesinan, secuestran o hacen desaparecer”, así, pues, no pretendo decir que lo expuesto es consecuencia de la cuarentena que estamos padeciendo, sino que es apenas uno de los síntomas que ha visibilizado nuestras nuevas circunstancias